preludio

horadas la niebla

palpas el suelo afirmado sobre las venas en alto

                       cae la primera lluvia

             ¿qué piedra sobre la encía?

¿qué soga olvidada al aire?

                       la segunda lluvia es espesa

          la piel aguarda

no más rodeos

mastícala

hazla ruido en tu estómago

de esos ruidos que supuran

en la frente más nítida y la hacen costra

pasaje

la trayectoria de esa flecha

prolongación de mis brazos

ha cercado la lumbre

donde recojo mis huesos

prendas perdidas en otro cuerpo

la sombra insepulta me guarece

su pulso aguijonea mis sentidos

con ella crezco en esta cuchara

me hago alimento del alba

perpendicular desciendo hacia el estómago

hacia mi techo natural

simulación de ausencia

el tránsito es un misterio nutritivo y rojo

a él me aferro como al primer bocado

y salgo a la calle con la piel roída

con olor a duelo cubierta de ceniza

para atravesar el centro de tu pecho

para hacerlo madurar

hacerlo arco

origen

                      estas branquias agitan el agua

               siguen el arrítmico pulso del remolino

          roja es la mirada del pez que se oculta

     entre las piedras del fondo desgrano tu sexo

   a lo largo de la ribera rociamos especias

 duerme el alimento sin extremos

y la lengua viaja a la cuna de la roca

ahí va el cántaro preñado de tiempo

emergen los objetos extraviados

 la camisa y el agujero de bala

  una lata de conservas

     los alambres

         el olor a azafrán nos penetra

             brilla el anzuelo arriba en la orilla

                  nuestras bocas estremecidas se buscan

                          traspasadas las mandíbulas

                                   erguidos los labios en el ángulo del grito

En: Gravitaciones (2013, 2017) de Ethel Barja